Nacionalismo doméstico

Nacionalismo doméstico


La casa del padre


     [...]. Mateo Maté debe ser la única persona de este país que cena, come o desayuna frente a una mesa que reproduce el mapa de España. Aquí no acaba la chulería. También debe ser el único españolito de a pie que puede invitarnos a tomar una paella que reproduce la forma de nuestra piel de toro, y, de segundo, una tortilla de patatas con idéntica traza torera. Solo habrá un problema cuando llegue la hora de cortar las porciones para los comensales: nada de cuartos idénticos, como en el molde tradicional, ni comerse, por ejemplo, Cataluña, por las bravas. La repartición del territorio-tortilla resulta complicada, por otro lado, siempre ha sido así, que se lo digan a continentes como el africano, cuya geografía es absolutamente lineal y geométrica, de escuadra y cartabón, o a zonas como la de los antiguos países balcánicos que, desde luego, no se encuentran a partir un piñón. Prefieren partirse la cara entre ellos u optar por el genocidio: de un golpe me cepillo varios miles o millones. Regresemos a nuestro español banquete, a sus prolegómenos porque antes de llegar a la mesa, a la comida y hasta a la digestión, Mateo Maté habrá cocinado también a fuego lento y muy español en una cocina, cuyos quemadores reproducen nuestro mapa, como aquellos que silueteábamos cuando éramos chicos en el colegio. La llama azul del gas rodea nuestras fronteras. En la pared, los cuchillos atraviesan una tabla-escudo. Todos ellos, con sus diferentes filos, nos servirán para cortar el pan nuestro de cada día.

     Él ha ideado tales artilugios, desde la mesa a las sartenes y todo lo demás, no porque sea un manitas o uno de esos raros inventores de objetos imposibles sino porque la ironía de su discurso le lleva a reírse, y cuántos como él quieran carcajearse, de los tópicos y de los abanderamientos impostados. Se me olvidaba un detalle: el mantel lo podemos colgar de un mástil que colocaremos en la ventana. Toda esta escenografía de llevarse a cabo se convertirá perfectamente en un acto performativo. Sólo nos falta esperar a que los vecinos de la calle nos digan que un mantel no se tiende así o que no puede hacer de bandera ni una bandera de mantel. Punto y final a la astracanada. Como siempre la falta de sentido del humor corta la digestión más que el agua fría.

     Las trazas cómicas que empieza a coger esta secuencia -por supuesto inventada, pero no imposible- tampoco difieren demasiado de las disputas banderilleras que en torno a enseñas, mapas y otros abalorios nacionalistas que vivimos cada día en muchos puntos del planeta. [...].

Laura Revuelta